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Quirno en Washington: alinear a la Argentina contra el terrorismo de izquierda es sensato
El próximo jueves, el canciller Pablo Quirno participará en el Departamento de Estado de una reunión convocada por Donald Trump para articular una estrategia internacional contra lo que Washington define como "terrorismo transnacional de extrema izquierda". Según Clarín, algunos expertos ya levantaron la voz advirtiendo sobre la posibilidad de que la etiqueta se use para perseguir opositores políticos legítimos.
La reserva es válida como principio general. Pero en el caso argentino, el gesto de sumarse a esa mesa es coherente con una definición estratégica que este Gobierno viene sosteniendo desde el 10 de diciembre de 2023: la Argentina vuelve a Occidente, se alinea con las democracias liberales y deja atrás la ambigüedad tercermundista que la llevó a compartir foto con Maduro, con los ayatollahs y con la nomenklatura cubana.
Volver al mundo tiene un precio, y también un rédito
Durante dos décadas, la política exterior argentina osciló entre el no-alineamiento retórico y el alineamiento efectivo con regímenes autoritarios de izquierda. El resultado fue previsible: irrelevancia geopolítica, aislamiento financiero y una diplomacia funcional a los intereses de Caracas o Teherán antes que a los del contribuyente argentino.
Quirno viajando a Washington para coordinar contra grupos que reivindican la violencia política —piénsese en las redes bolivarianas, en el financiamiento opaco a movimientos insurreccionales, en las conexiones probadas entre Hezbollah y ciertos gobiernos de la región— no es servilismo. Es sentido común. La Argentina cargó con el peor atentado terrorista de su historia en la AMIA, todavía impune en lo esencial. El país tiene todo el derecho —y el deber— de sentarse en cualquier mesa internacional que discuta cómo desarticular esas redes.
La objeción "orwelliana": legítima, pero exagerada
Los críticos advierten que la categoría "terrorismo de extrema izquierda" es lo suficientemente elástica como para incluir a opositores incómodos. Es cierto que toda tipificación penal amplia puede prestarse a abusos. La historia argentina, de un lado y del otro del espectro, está llena de ejemplos.
Pero la respuesta liberal a ese riesgo no es negar la existencia del fenómeno, sino exigir estándares probatorios rigurosos, control judicial independiente y definiciones acotadas. Hayek advertía que el Estado de Derecho se defiende con reglas claras, no con excepciones convenientes. Si el Gobierno argentino asume el compromiso, tiene que hacerlo blindando garantías: nadie debería ser calificado de terrorista por escribir una columna, marchar en una plaza o militar en un partido legal, por más disparatadas que nos parezcan sus ideas.
Esa es la línea. Y esa línea la fija el Congreso y la Justicia, no un comunicado del Departamento de Estado.
Terrorismo transnacional: el fenómeno existe
Conviene bajar el debate a tierra. Cuando se habla de terrorismo transnacional de extrema izquierda no se habla de un kiosquero que vota al Frente de Izquierda. Se habla de estructuras concretas: el aparato de inteligencia cubano operando en la región, los enclaves logísticos del régimen venezolano en la Triple Frontera, el financiamiento cruzado entre grupos armados colombianos residuales y economías ilegales, la penetración iraní vía Hezbollah documentada por fiscales argentinos como Alberto Nisman.
Negar que esas redes existen, o pretender que son "construcciones" imperialistas, es exactamente el tipo de miopía que dejó a la Argentina expuesta durante décadas. Milei, Bullrich y Quirno están corrigiendo esa miopía. Que a algunos les moleste el interlocutor —Trump— no cambia la sustancia del problema.
El costo de no ir
Imaginemos por un momento el escenario inverso: la Argentina declina la invitación, se abstiene de coordinar con Estados Unidos, Israel y aliados occidentales en materia de seguridad, y vuelve al confort de la equidistancia. ¿Qué gana el país? Nada. ¿Qué pierde? Acceso a inteligencia compartida, credibilidad ante los mercados que financian nuestra deuda, respaldo en foros multilaterales donde nos jugamos desde Malvinas hasta acuerdos comerciales.
La política exterior también tiene un costo fiscal y reputacional. Un país que juega en la liga correcta consigue tasas más bajas, inversión más estable y socios comerciales más previsibles. Alberdi lo entendió en el siglo XIX cuando alineó a la Argentina emergente con las potencias liberales de su tiempo. La receta no cambió tanto.
Vigilancia republicana, no veto ideológico
El rol de un medio liberal no es aplaudir todo lo que hace el Gobierno ni oponerse por reflejo. Es sostener los principios: libertad, propiedad, límites al poder, transparencia. El viaje de Quirno se justifica por el interés nacional. Lo que corresponde exigir es que cualquier medida operativa que surja de esa coordinación pase por el Congreso, respete el debido proceso y no se use como atajo para saldar peleas domésticas.
Si el Gobierno cumple con eso, la política es correcta. Si empieza a estirar las definiciones para incluir a periodistas críticos, sindicalistas incómodos o dirigentes opositores legales, será obligación de esta redacción —y de cualquiera que se diga liberal— marcarlo con la misma firmeza con la que hoy respaldamos el reencuadre geopolítico.
La libertad no se defiende sola. Y tampoco se defiende sentada en la vereda equivocada.
Fuentes citadas
- Clarín — Quirno viaja a Washington — Nota original que informa la convocatoria del Departamento de Estado y las prevenciones de expertos.
- Ministerio de Relaciones Exteriores — Sitio oficial de la Cancillería argentina para seguimiento de la agenda bilateral con Estados Unidos.
- U.S. Department of State — Fuente oficial de la administración estadounidense sobre política exterior y designaciones de seguridad.